#plotober 11: bragas, herpes y hormigas

Jorge Arturo Mora
5 min readOct 12, 2017

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Son las 10:21 p. m. en este momento. Estoy comenzando a escribir después de un día que no solo me ha dejado agotado, sino también dormido a causa de una pastilla contra los mareos. Prefiero no perder más el tiempo en la introducción y comenzar — como he hecho estos dos últimos días — con un relato construido y resuelto sobre la marcha. Pido disculpas con antelación por si se me escapa algún error de puntuación o de otro tipo.

Premisa del día 11 de octubre: “Un momento, estas bragas no son mías”.

Eloy sufría de un herpes terrible. No era un padecimiento normal. Desde que tenía 13 años, tenía que visitar al médico cada dos días para que le proporcionara una inyección que retrasara por completo el efecto terrible de su infección genital.

No fue sino hasta los 23 años cuando Eloy recibió la triste noticia. Un triste miércoles de abril, su médico le dijo que ya no había más por hacer: podía seguir inyectándolo a diario si quisiera, pero era imposible contrarrestar los efectos de su padecimiento. Desde ese día en adelante, Eloy comenzó a sufrir del peor herpes conocido en la historia.

La primera semana, Eloy no sintió que fuera tan terrible. Sentía una comezón ligera en su pelvis pero no pasaba de allí. Pasó un mes y el asunto se intensificó, hasta llegar a ser insoportable al cumplir doce semanas de diagnóstico irremediable.

La picazón de Eloy subía, sin razón alguna, desde sus peludos dedos de los pies hasta su pelvis. Él dejó de usar pantalonetas cortas porque su piel estaba atrapada en un arcoiris de rojos degradados que mezclaban el salpullido con la sangre.

Un día, Eloy se atrevió a usar pantaloneta. Tras ver la frustración de Eloy, su hermana Ramira decidió motivarlo un poco con un viaje a la playa. Podría parecer increíble, pero en sus 23 años de vida, Eloy nunca había conocido el silbido del mar y el granulado de la arena.

De tanta emoción, Eloy decidió dejar su tradicional buzo de largo y dejó exhibir sus aterradoras piernas en la bahía. Había olvidado el terror que eso significaba.

Bastaron un par de segundos para que Eloy sufriera el horror social: un niño comenzó a gritarle a su madre que viera las perturbadoras piezas de Eloy. La madre del infante se acercó a Eloy y le dijo que tuviera respeto. Que allí iban niños. Que no enseñara tal cosa.

Eloy, triste y doblemente enrojecido por los rayos del sol, dio media vuelta y se dirigía hacia el exterior de la playa, hasta que la arena se puso más caliente. Los granos de arena veteados por el sol hicieron a Eloy saltar una y otra vez para escapar del infierno que vivían sus ya desgastadas plantas de los pies.

Estaba a punto de salir de la arena cuando resbaló. No vio venir un tronco solitario que golpeó sus tobillos y lo lanzó hasta un hormiguero. Eloy dio tres giros en el aire por el golpe y, cuando cayó en el castillo de granos construidos por las hormigas, se dio cuenta que estaba completamente desnudo.

Una niña que estaba cerca de la situación comenzó a reírse de su desgracia. Ramira se dio cuenta de lo sucedido y corrió hasta Eloy.

— Eloy, pero ¿qué ha pasado? ¡Estás chingo!

— Ramira, ayudame. Dame algo para ponerme.

Ramira tomó su bolso e hizo a buscar alguna prenda para ocultar la desnudez de su hermano. Desde el suelo y ante la desesperación de la escena, Eloy le arrebató el bolso a Ramira y encontró un calzón que no dudo en ponerse.

Con la dignidad renovada, y su pelvis cubierto por una braga llena de hormigas, Eloy se levantó de la arena y la niña que se burlaba de él calló.

La hermana miraba con incredulidad a Eloy. Desde hacía mucho tiempo no lo veía con tal confianza. Prefirió no decir nada más.

Cuando regresaron al auto, Eloy continuaba con su cuerpo desnudo a excepción de sus genitales, cubiertos por el calzón.

— Eloy, ¿estás bien?

— Nunca me había sentido tan bien.

Desde ese momento, la vida de Eloy cambió.

Todos los días, a las seis de las mañana, Eloy salía por su barrio a dejar rastros de comida para que las hormigas siguieran una ruta establecida: había creado una convención multitudinaria de hormigueros que servían como campos de conserva para ropa interior femenina. Eloy solo utilizaba bragas cargadas de hormigas que anulaban el efecto de su herpes.

Así pasaron siete años, hasta que una triste mañana de julio, Eloy fue por su braga del día y encontró algo diferente: en vez del habitual calzón, había un traje femenino de dos piezas de baño.

¿Qué había sucedido? ¿Alguien quería que volviera a su martirio diario de herpes?

De solo imaginarlo, el ardor en su pelvis regresó. No lo soportaba. No dudó en tomar el traje de baño y ponérselo.

Primero se colocó el sostén y luego el calzón. Se sentía incómodo, por supuesto, pero las hormigas realizaban un cierto cosquilleo en su pecho que a su vez le parecía irresistible.

Eloy continuó su día con total normalidad. Fue a arreglar el jardín de su casa, luego visitó a su hermana Ramira para el almuerzo y en la noche se sirvió una copa de vino para festejar su vida.

Pero a eso de las once de la noche, un vacío inundó el pecho de Eloy. Sentía que algo estaba mal, que había algo incorrecto.

Eloy se levantó de su cama y fue al espejo grande del baño. Se miró de abajo hacia arriba, desde sus pies peludos hasta su cabello despeinado. Todo.

Se quitó el traje del baño y por un momento se dio cuenta de algo: las decenas de hormigas tapaban su cuerpo, ese cuerpo que por más peludo y rojizo que fuera, significaba lo único auténtico para él. Era su esencia. Ese herpes era lo que hacía a Eloy ser Eloy.

Ante el momento definitivo, prendió fuego al traje de baño. Acto seguido, salió desnudo al jardín para bañarse con la manguera y arrancar todas las hormigas de su cuerpo. Después, tomó un lanza fuegos y quemó los hormigueros que cuidó durante tanto tiempo.

Eloy se aceptó. Aceptó su cuerpo y aceptó su destino.

Pasaron solo tres días para que, su hermana Ramira, extrañada por la ausencia de visitas a la hora de almuerzo, fuera a la casa de su hermano.

Frente al espejo del baño, Eloy yacía muerto, más rojo que nunca. El herpes le había ganado la batalla. Lo había hecho palizas.

Irónicamente, cuando enterraron a Eloy, lo único con vida en su cuerpo fue el motivo del alargamiento de su vida: una hilera de hormigas desfilaba sobre su salpullida panza, como si se tratara de una danza mortuoria.

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