La mujer ardilla

Jorge Arturo Mora
2 min readMar 14, 2020

Tocar su pierna rompió el hechizo. Ahí estaban los secretos: en frente de todos siempre estuvo su figura de roedor, pero solo una mano en su muslo podía romper el críptico que ocultaba su verdadera forma.

Fue así cómo empecé a notar que, cuando ella balancea sus caderas de un lado a otro, se asoma una pequeña mota de pelo en su espalda.

Con los días, la cola creció. Cada vez era más difícil disimular lo mucho que me atrapaba, pues el pelo crecía y crecía y, por más que me quedara viendo los lunares que bordean su boca, la cola llamaba la atención desde el rabo del ojo.

Debo reconocer que la mota de pelo calzaba excelente para ella. Su rabo posee una gradación del negro al café, combinado a la perfección con su tez de piel café mantequillada.

Y justo cuando se balancea, la cola se mueve y crea un arcoiris de tonalidades marrones.

En esos instantes, ella está feliz, sonríe. Aprovecho para abrazarla y recibo una fragancia suave como ninguna. En los segundos compartidos entre cuerpos, me extiende sus bellotas ocultas y las disfruto, en un breve instante de silencio abisal.

Siempre, al separarnos del abrazo, la cola pasa por mi nariz y me perfuma como el mote de talco del barbero. Me deja alegre.

Ella me guiña el ojo consciente del secreto que guardamos los dos y, a los pocos metros de hacer su camino, me mueve sus dedos desde la cintura para sellar nuestro pacto silente.

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